Opinión

La laicidad no supone humillar a la religión

José Antonio Riber. Portavoz del Grupo municipal Popular

Laicidad = Mutuo respeto entre Iglesia y Estado fundamentado en la autonomía de cada parte.
Laicismo = Hostilidad o indiferencia contra la religión.

La laicidad del Estado se fundamenta en la distinción entre los planos de lo secular y de lo religioso. Entre el Estado y la Iglesia debe existir, según el Concilio Vaticano II, un mutuo respeto a la autonomía de cada parte. La laicidad no es el laicismo

La laicidad del estado no debe equivaler a hostilidad o indiferencia contra la religión o contra la Iglesia. Más bien dicha laicidad debería ser compatible con la cooperación con todas las confesiones religiosas dentro de los principios de libertad religiosa y neutralidad del Estado.

La base de la cooperación está en que ejercer la religión es un derecho constitucional y beneficioso para la sociedad.

Hay una cosa que se debe asumir y es que el laicismo no es enemigo de las religiones.

Se puede admitir que el Estado sea laico, se quiere decir que ese Estado es independiente de las confesiones religiosas, pero dado que se puede entender como que en ese Estado no es posible proceder a la instrucción religiosa (lo cual corresponde con la acepción propia de laico), se ve que el uso del adjetivo laico al Estado es cuanto menos, equívoco.

Y desde luego, a la luz de las fuentes citadas, no parece legítimo usar el carácter de laico del Estado -es decir, la independencia del Estado- para prohibir las manifestaciones religiosas. La única excepción son las manifestaciones religiosas contrarias al orden público, pero el orden público no se puede interpretar en sentido de restringir la libertad de los ciudadanos de manifestar su propia religión.

Igualmente, quien defiende posturas laicistas, por el respeto que todos los ciudadanos debemos a la Declaración de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, ha de respetar las manifestaciones religiosas de los ciudadanos que sí profesen creencias religiosas. Sería contrario a la Declaración de Derechos Humanos prohibir tales manifestaciones, y demostraría ser un intolerante quien se extrañara de la creencia religiosa de otros. Peores actitudes demostraría quien insultara a un creyente por serlo, o ironizara sobre una doctrina religiosa. Entre estas actitudes tan innobles estaría quien manifestara incomodo porque alguien llevara un signo religioso o una vestidura religiosa, o acudiera a convocatorias de contenido religioso. Los ciudadanos con creencias religiosas tienen el derecho a que se les garantice el ejercicio de su creencia.

Estado laico, sí, pero como tal los poderes públicos, todos los poderes públicos, debe garantizar la libertad religiosa y de los que las procesan y por supuesto no menospreciar ni los Dogmas ni las costumbres ni las tradiciones ni mucho menos humillar a aquellos que en el ejercicio de su libertad optan por llevar a cabo una vida basada en unas u otras creencias religiosas porque parece que hay religiones buenas y malas, unas a las que se debe atacar y otras a las que no y si de lo que se quiere presumir es de libertad, deberíamos empezar a poner en práctica eso de que la libertad de cada uno termina donde empieza la del otro

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